Las reglas culinarias italianas que debes conocer sí o sí
Si eres italiano, ya sabes que existen reglas culinarias sagradas: nada de pizza con piña, nunca romper los espaguetis a la mitad, y el cappuccino después de las 14 está prohibido. Si lo haces, podrías perder tu pasaporte italiano… y no, no estoy exagerando. Algunas leyes culinarias tienen mucho sentido, otras menos, pero todas parecen estar grabadas en piedra.
Desde pequeños nos enseñan hábitos muy concretos, verdaderas reglas no escritas que hay que seguir a rajatabla. Pero a menudo ni siquiera sabemos por qué existen: damos por sentado que no se puede poner queso sobre el pescado y nos escandalizamos cuando alguien lo hace.
¿De dónde viene la obsesión de los italianos por la comida?
Los italianos estamos muy ligados a la tradición culinaria, y gran parte de nuestro orgullo nacional se basa en la comida. Cada región tiene platos y costumbres diferentes, pero lo que une a todos es una buena pizza y un tiramisú perfecto. La cocina es un pegamento social: no hablamos del tiempo, hablamos de comida. Aprendemos las recetas de nuestras abuelas, hacemos pasta a mano para ocasiones especiales y pasamos los domingos en la mesa, plato tras plato, comentando todo lo que pasó durante la semana.
Cuando estuve en Texas, descubrí un mundo distinto: comidas rápidas, muchas veces de pie, en la barra o en el drive-in. En Italia, en cambio, la cena es un momento de compartir; se espera que todos estén en casa, a menudo más tarde que en otros países, pero siempre con la familia reunida. Y, claro, estamos orgullosos de que nuestra cocina guste en todo el mundo.
Las reglas culinarias italianas
Si quieres sobrevivir entre italianos sin recibir miradas de desaprobación, aquí tienes las reglas culinarias principales, explicadas de manera que tengan sentido:
No romper los espaguetis: déjalos largos; solo así recoges bien la salsa y evitas un desastre en el plato.
No mezclar carne y pescado: los sabores son demasiado distintos y pueden confundirse. En grandes ocasiones se sirve a veces un sorbete entre platos para “limpiar el paladar”.
Nunca poner queso sobre el pescado: cubre su sabor delicado y arruina el equilibrio del plato. Nunca, nunca, nunca.
No beber cappuccino después de las 14: es de desayuno, acompañado de un dulce. La leche caliente ralentiza la digestión y se vuelve indigesta.
No tomar café después de las 17: la moka no perdona; te quedarás despierto toda la noche.
Usa solo aceite de oliva (salvo para freír): realza los sabores y es saludable.
La pasta debe estar al dente: la textura correcta marca la diferencia.
Hervir el agua antes de echar la pasta: cocina uniforme garantizada.
Añadir la sal solo cuando el agua hierve: acelera la cocción y hace la pasta perfecta.
Un poco de agua de la cocción en la salsa (nada de nata): liga mejor la salsa y la hace cremosa sin ser pesada.
Risotto y pasta no son acompañamientos: se sirven como plato principal.
¿Ketchup en la pasta? Jamás: aunque parezca tomate, es un crimen gastronómico; al final, no es más que una salsa procesada llena de azúcar.
La opinión de una italiana y sus contradicciones
Pero aquí va la verdad de una italiana con algo de experiencia en el extranjero: cada cocina tiene sus platos y tradiciones, desarrolladas independientemente de las reglas de las abuelas. El paladar es personal y se forma desde pequeños: lo que para mí es demasiado picante para un indio puede ser insípido y aburrido.
Tras un año en Texas con una familia mexicana, aprendí a amar los nachos bañados en salsa picante, algo que antes me habría parecido impensable. Incluso la regla estricta de no mezclar carne y pescado se rompe enseguida cuando me deleito con un buen plato humeante de paella mixta valenciana.
Además, cuando nadie me ve, tomo café con leche después de comer porque es más dulce, y siempre le pongo grana a la pasta con atún. Pequeños “escándalos” para un italiano de pura cepa, pero increíblemente satisfactorios. Descubrir nuevas costumbres culinarias, no juzgar y probar algo distinto hace bien al paladar… y a la mente.
La moraleja: todos podemos comer de todo y disfrutar lo que conocemos sin sentir culpa. Las reglas italianas son una guía, pero explorar el mundo te enseña que el gusto es más flexible de lo que pensamos.

